Discursos Secretario General Adjunto

PRESENTACIÓN DEL LIBRO APRENDIENDO DIPLOMACIA POR LUIGI EINAUDI. SECRETARIA GENERAL ADJUNTA, LAURA GIL

3 de diciembre de 2025 - Washington, DC

Queridas y queridos colegas,

Hoy presentamos un libro que ilumina no solo la historia de nuestra Organización, sino también la esencia misma del oficio diplomático: Aprendiendo Diplomacia, de Luigi Einaudi, quien fuera Secretario General Adjunto de la OEA durante la gestión de César Gaviria.

Hablar de Luigi Einaudi es, en buena medida, hablar de una herencia familiar forjada en el compromiso político y en la responsabilidad pública. Su abuelo, Luigi Einaudi, el economista presidente de Italia en tiempos decisivos, encarnó la defensa del liberalismo económico y político en medio de la reconstrucción europea. Aquella tradición de servicio, ejercida con sobriedad, rigor y fe en las instituciones, marcó a Luigi desde temprano. De allí que la diplomacia no fuera para él una profesión escogida, sino casi una vocación natural, inscrita en su historia familiar.

Antes de llegar a nuestra Organización, Einaudi pasó por RAND Corporation, uno de los espacios intelectuales más influyentes del siglo XX. Allí adquirió la disciplina del análisis, la claridad conceptual y la honestidad intelectual que serían su sello distintivo. RAND le dio herramientas; la diplomacia le dio propósito.

Lo que hace valioso Aprendiendo Diplomacia es su tono de franca humanidad, una cualidad poco frecuente en quienes han ocupado cargos de responsabilidad. Einaudi no teme reconocer dudas ni desconciertos. De hecho, comparte con candidez el cuasi desconcierto que le produjo el giro de la política exterior del presidente Carter, cuando los derechos humanos pasaron a convertirse en el criterio determinante de la acción internacional de Estados Unidos.

Einaudi jamás aceptó la idea de que los derechos humanos deban ser el único factor que defina la política exterior. Sin restar un ápice a su centralidad moral, insistió en que la política exterior debe ser multidimensional y su reflexión nos recuerda que el reduccionismo moral, ideológico o estratégico empobrece tanto la diplomacia como la acción colectiva.

El libro revela algo más profundo aún: la identidad híbrida con la que Einaudi debió cargar durante años. Tanto conocía de América Latina, tanto se había sumergido en nuestras historias, nuestras fracturas y nuestras esperanzas, que surgía una pregunta recurrente en su entorno: ¿era uno él uno de “ellos”, representante prototípico de la política exterior estadounidense, o era uno de “los nuestros”, un conocedor íntimo de las complejidades latinoamericanas? Creo que el libro no deja dudas: siempre fue uno de ellos.

Tuvo que vivir con esa desconfianza en el Departamento de Estado y, sin embargo, convirtió esa ambivalencia en una virtud diplomática: la capacidad de ver a América Latina con empatía, pero también con la distancia analítica necesaria para contribuir a soluciones duraderas.

Leyendo el libro, sentí también que Einaudi encarna, para bien y para mal, una crítica tradicional: la diplomacia como un espacio históricamente asociado al privilegio de clase. En Europa, la profesión de los aristócratas; en Estados Unidos, la vocación de las élites académicas. Esto es cristalino cuando se ven atisbos del diplomático entrevistador - quizás olvidé recordar que el libro es una larga entrevista - , el entrevistador también de la exclusiva escuela privada Exeter y de las Ivy League. Sin embargo, Einaudi convierte ese trasfondo en una responsabilidad ética y en un compromiso genuino con el servicio público.

Einaudi sostiene, además, una convicción extraordinariamente vigente que cimentó en su lectura de Alexis de Tocqueville: el mal gobierno es una fuente más poderosa de inestabilidad que la pobreza misma. En un continente marcado por crisis recurrentes, esta observación es tanto diagnóstico como advertencia. La pobreza puede ser aliviada, administrada o superada; pero el mal gobierno, expresado en la arbitrariedad, la corrupción y el desprecio por el Estado de derecho, erosiona los cimientos de la convivencia y rompe los puentes de confianza entre ciudadanos e instituciones. En la OEA lo sabemos bien: allí donde fracasa la gobernanza democrática, brotan los conflictos.

Otro aspecto revelador del pensamiento de Einaudi es su apuesta decidida por la planificación de la política exterior. Él entendía que improvisar es renunciar a la visión; que reaccionar constantemente es desistir de la estrategia. Hoy, cuando la región enfrenta desafíos simultáneos como autoritarismos, desinformación, erosión de la confianza pública, crisis climática, flujos migratorios y polarización, esa llamada a planificar cobra un sentido urgente.

Finalmente, Aprendiendo Diplomacia sorprende por su generosidad de juicio, incluso hacia figuras tan controvertidas como Henry Kissinger y su papel en Chile. Esa es su mirada, producto de su tiempo y de sus circunstancias. Mi lectura, la lectura de quienes vivimos las consecuencias históricas en nuestra región, no necesita compartir esa generosidad para valorar la honestidad intelectual con la que Einaudi presenta su reflexión.

Einaudi no abdica de la crítica, pero evita el simplismo moral. Reconoce la complejidad de los actores y de las decisiones tomadas en contextos turbulentos. Esa capacidad de matizar, de comprender sin justificar, es una de las virtudes más escasas y más necesarias en tiempos de polarización.

Einaudi, al mirar nuestra Organización, se preguntaba hace varios años si la OEA corría el riesgo de convertirse en una póliza de seguro para los Estados Unidos, algo que debía mantenerse allí por si acaso, para decir en momentos de crisis que “le sirvió para algo”. No lo dice con cinismo sino con la serenidad de quien ha visto la Organización desde todos los ángulos. Esta afirmación se erige como una advertencia. De hecho, la OEA le ha servido a Estados Unidos para mucho y es bueno recordarlo por estos tiempos.

Por eso, Aprendiendo Diplomacia nos deja preguntas: mientras el multilateralismo está en peligro, ¿la OEA seguirá siendo esa póliza de seguro para Estados Unidos que menciona Einaudi? ¿Somos capaces, en un mundo cada vez más fragmentado y más competitivo, de convertir esa póliza unilateral en un pacto hemisférico en el que cada país, incluido Estados Unidos, y tal vez especialmente Estados Unidos, asuma que la cooperación continental no es un lujo diplomático sino una necesidad estratégica?

Si logramos eso, la OEA recuperará algo de lo que fue y conseguirá lo que nunca todavía alcanzó a ser: el espacio donde la región piensa anticipadamente, actúa colectivamente y se reconoce mutuamente.

Las instituciones no cambian por inercia. Se renuevan cuando quienes las integramos entendemos que el momento de transformarlas llegó. No creo en el regreso al pasado sino en un multilateralismo reinventado. El momento para re -imaginarlo, colegas, es ahora y ojalá con la asesoría de Einaudi